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Nada importa haber aprendido a lo largo de los años que los buenos propósitos formulados a principio del nuevo calendario sirven para dos cosas. Tanto es así, que nos parece imposible dejar de caer cada fin de año en la tentación de repetir aquel alentador - aunque inconsistente - ritual.
Esta madrugada desperté recordando ciertos episodios, típicos de la temporada, en los que algunos comensales en pleno apogeo del convite de la última noche de diciembre, incapaces de refrenar sus impulsos culposos, se lanzan a declarar ostentosamente - sin haber terminado de deglutir el más reciente bocado de bacalao -, que ahora sí la cosa va en serio y que sin excusa ni pretexto en enero del año venidero comenzarán la dieta y el ejercicio tantas veces pospuesto. Nadie de los allí reunidos confía en la autenticidad de semejantes declaraciones. Sin embargo, la justificada reacción de escepticismo no impide el que todos asintamos con expresión contrita y solidaria, sobre todo porque tampoco nadie ha dejado de proponer nuevos, y progresivamente más fraternales, brindis de ocasión.
Pueden esgrimirse otras variaciones sobre el mismo tema. Por ejemplo, los que juran por la tumba de su madre que una vez iniciado el nuevo año habrán de dejar de fumar, los que se sienten compelidos a hacer cita con la dentista a fin de que les saquen las muelas del juicio antes de perder el resto de la dentadura, aquellos que prometen terminar la tesis y por fin recibirse de abogados, quienes aseguran a su médico que sin falta habrán de tomar regularmente el medicamento para la presión e incluso dejarán de emborracharse cada fin de semana, también hay que mencionar aquellas que de manera íntima y silenciosa se plantean el firme propósito de no volver a tener relaciones sexuales con su novio mientras él siga negándose a usar condón.
Los humanos somos en general bien intencionados y vemos el futuro como una nueva oportunidad para actuar de la mejor manera posible. Estamos diseñados para pensar de manera inteligente y también para contradecir aquellas ideas que alguna vez en el pasado consideramos valiosas o verdaderas. Seguimos creyendo, no obstante, en la fuerza de voluntad y en el poder de la conciencia, a pesar de que hace más de un siglo que se sabe que buena parte de nuestro comportamiento obedece a impulsos y resortes inconscientes, y por lo tanto, ajenos a nuestro control inmediato y racional.
Cuando la gente piensa en su cerebro, cosa que sucede infrecuentemente, suele concluir que se trata de un órgano que está a su disposición de manera obvia y natural. Solamente es necesario proponerse algo con la suficiente energía y dedicación para que las cosas sucedan de tal o cual manera. La frase más socorrida reza así: “todo es posible con el poder de la mente”; es decir, con la solvencia que otorga el tener dentro del cráneo un órgano perteneciente al sistema nervioso central dotado de miles de millones de células que constantemente interactúan entre sí con una eficiencia muy superior a la que posee la más sofisticada de las computadoras actuales.
De ahí que frecuentemente colegimos que si nuestro cerebro es capaz de formular alguna idea que nos parece apropiada, conveniente, moralmente aceptable, económicamente rentable y hasta cierto punto plausible, lo mejor y lo obvio será darla por buena y asumirla como un hecho realizado.
Lo cierto es que a pesar de lo mucho que hemos aprendido científicamente acerca del funcionamiento y la capacidad del cerebro en las últimas tres décadas, aún estamos en una etapa vergonzosamente primitiva. Claro que todo esto debe sonar a pura palabrería hueca, sobre todo a quienes les tiene sin cuidado el pensamiento objetivo y basado en evidencias científicas. Es sorprendente ver y escuchar diariamente por la radio y la televisión a tantas figuras públicas dar sus puntos de vista sobre la manera como funcionan el cerebro y los procesos mentales como quien se propone averiguar el porvenir leyendo la palma de la mano, mirando a través del iris del ojo, interpretando las cartas del tarot o catando los matices de la orina.
A final de cuentas el cerebro tiene que ver con todo lo que los seres humanos hacemos: la forma como pensamos, sentimos, la manera cómo nos relacionamos con los demás, el estilo en que negociamos los asuntos que nos conciernen, el nivel de atención que desarrollamos durante una clase o una sesión de trabajo y también, tiene que ver con el grado en que somos capaces de reaccionar ante los engaños, los abusos y los actos de injusticia y crueldad hacia nuestros semejantes.
Por esto mismo, propongo que en este año hagamos todo lo posible por cuidar la salud de nuestro cerebro, estimularlo lo más y mejor posible con actividades creativas e inteligentes, tratando de ser más sensibles y generosos con los demás sobre todo cuando tengan menos o sufran más. Propongo, en fin, un cerebro nuevo y mejor para todos nosotros, aunque los buenos propósitos solamente sirvan para no perder las esperanzas.
Nota: Para NUESTRA SALUD MENTAL de Colima
Moisés Rozanes T.
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